miércoles, 14 de abril de 2010

Ven a mi cielo


Dos cajas de libros polvorientos, un jarrón chino con algunos trozos ya pegados por varias veces, un tapete de crochet para una mesa de tamaño casi inexistente y un gato arisco y desafiante, fue la herencia que me dejó mi abuela al morir. De todo me deshice tan pronto como pude menos de los libros (mi madre me inculcó el amor a la lectura y me resultaba difícil desechar un libro sin haberlo leído antes).
Aquella mañana de domingo en la que unos rayos tímidos de sol curioseaban en mi habitación miré la vieja caja de cartón arrinconada en espera de una difícil determinación y…sí, me decidí a abrirla y sumergirme en ella sin muchas esperanzas de encontrar algo interesante. Quité el precinto como el que desenvuelve un regalo que te hizo una tía solterona mayor, sabiendo que probablemente no me gustaría el contenido…pero nada más lejos de la realidad.
No tenía a mi abuela por lectora, pero sí es cierto que me contaba de pequeño que su marido, mi abuelo, leía todo lo encontraba a su paso, tal vez este era el origen de esos libros, una colección impresionante de historias fantásticas e imaginarias, pero lo más alucinante….¡¡escritas por él mismo!!
De entre todos elegí el que más me llamó la atención por su título: “Ven a mi cielo”. En él mi abuelo contaba toda su vida, sus orígenes y cómo conoció a mi abuela en curiosas circunstancias, las adversidades y felices momentos que pasaron juntos y…una invitación a la vida eterna con él, no solo para mi abuela, sino para todo el que leyera sus palabras. Su historia estaba impregnada de amor infinito, del que te pellizca el alma durante su lectura hasta el punto en que tienes que parar para enjugar las lágrimas y respirar como si en una exhalación liberaras los sentimientos que te oprimen.
Jamás pude imaginar que un puñado de palabras encerrara tal historia, la mía, la de mi familia, nunca así contada. Comprendí que la vida es amor, entrega y también que hay que transmitir ese legado, y escribir era una forma de perpetuarlo en la eternidad. Recordé a mi madre que, en todos mis cumpleaños, a sabiendas de que ya no era sorpresa, me regalaba un libro, a mi abuela, contándome historias interminables sobre su infancia mientras yo hundía mi cabeza en su regazo y respiraba profundamente para olerla, para oler el amor, mientras su voz era música de dioses para mis oídos que me hacía casi inmortal en esos momentos.
Encendí mi ordenador y comencé a escribir: “Desde tu cielo…”

Autora: Charo Ramírez Leal