
Érase una vez en la Cádiz del S. XVIII, un joven de San Fernando llamado Francisco Mirador Cuenca, alias “Paco”. Tenía una vida muy austera, era huérfano y vivía con su tío, un borracho de poca monta que todo lo que ganaba se lo gastaba en bebida.
Así que Paco sobrevivía por su cuenta, buscando limosnas y mendigando. Su vida iba a cambiar cuando un día por la mañana, entre las cosas de su padre que guardaba en un baúl, encontró un medallón de forma circular, dorado, con una especie de perla roja en el centro y con un grabado alrededor de la perla: “Esta llave abre la puerta del libro”.
Paco, al verlo, se lo puso y no le quiso preguntar a su tío ya que con él no se podía hablar de su padre. Estaba confundido e intrigado por saber qué significaba el grabado del medallón, así que fue al único sitio que le podía ayudar, la biblioteca. Pero había una contrariedad, y es que el joven Paco no sabía ni leer ni escribir, así que pidió ayuda a un viejo hombre que al mirarlo le dijo que no le haría falta ayuda para leer, que simplemente cogiese un libro, lo abriera y crease su propia historia. Paco indignado por su falta de ayuda hizo caso al viejo hombre, cogió un libro, lo abrió y… no podía creer lo que estaba viendo ¡sabía leer!
De repente empezaron a temblar las letras y a moverse los gráficos, Paco no entendía qué estaba ocurriendo y de repente se vio envuelto en un vacío blanco por el cual caía rápidamente. Aterrizó sobre agua y, desorientado, empezó a nadar y pedir ayuda, hasta que a lo lejos entre niebla apareció un barco ballenero, que lo rescató.
Paco, inundado por muchas emociones y sentimientos, sobre todo la confusión y desconcierto, vio lo que hacían esos hombres, rudos y malolientes marineros. Allí conoció a un capitán con una cierta obsesión por una ballena blanca gigante… Al ver el medallón que portaba Paco se quiso hacer con él, así que Paco saltó del barco, y en vez de caer al agua empezó a caer de nuevo en un vació blanco y de repente llegó de nuevo a la biblioteca.
Desconcertado e impresionado por lo que le había pasado, decidió probar con más libros, y siempre sucedía lo mismo. Él pensaba que era cosa del medallón así que decidió soltarlo de nuevo en el baúl y aprendió a leer por su cuenta. Al cabo del tiempo, cuando aprendió a leer, se dio cuenta de que el medallón sólo le enseñaba a leer, la que se adentraba en el libro era simplemente su imaginación.
Le contó esta historia a sus amigos, hijos y nietos y les dijo que cada libro tiene su historia y esa historia será tal y como imaginemos, y que cada persona también tiene su historia, simplemente hay que usar la imaginación. Así que animó a leer a sus amigos, hijos y nietos y a que ellos también animasen a lo mismo. Para que vean que detrás de una portada no hay solamente hojas y letras, sino también, una historia.
Autor: Rubén Morales Heras 4º Diversificación
