sábado, 17 de abril de 2010

Diana


Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar las vueltas que da la vida, cómo la providencia, la casualidad o algo tan vulgar como el nombre de una persona nos puede llevar a arrojarnos, a través de la lectura y las ideas preconcebidas, al mayor de los errores:
En su tierra era conocida con el apelativo «la princesa del pueblo», pero fue su polémica y fatídica muerte una calurosa noche de verano junto a un hombre con facciones árabes lo que la convirtió en un mito. De vivir hoy, tan sólo tendría 49 años. Era una mujer divorciada de un hombre con un poder descomunal. Esta situación no le sería extraña ya que su madre también era divorciada y desde pequeña tuvo que vivir junto a sus dos hermanas y su madre. Se educó en la escuela de una pequeña aldea, donde se la consideraba una estudiante mediocre, destacando por su ansia en la lectura, devoraba libros y a pesar de no ser su lengua materna, los leía en español. A la edad de 16 años conoció al que más tarde sería su marido, al cual le llamó la atención por sobresalir en natación y buceo, disciplinas poco habituales para las mujeres de aquella época y que más tarde no le ayudarían a salvar su propia vida. Pero si por algo se hizo popular a esta mujer, entre su gente, fue su colaboración en multitud de obras humanitarias. Su total apoyo a causas como la asistencia humanitaria a las víctimas del SIDA, la búsqueda de recursos y alimentos para los más necesitados de su pueblo o la lucha contra el uso de minas-antipersona, así como por los derechos de las mujeres, no sólo fraguaron su carisma y personalidad sino que además consolidaron su imagen en un país donde no estaban acostumbrados a ello. Y aunque fue perseguida hasta por la prensa también consiguió ser imitada por muchos. Por ello recibió tantas críticas, ofensas, agravios y presiones que las autoridades terminaron forzando su salida del país.
Fernando y Lucía estaban de servicio, era agosto y a pesar de haber recibido su tricornio hacía unos meses, ambos conocían las playas y acantilados de Tarifa a la perfección. Dos oriundos del Estrecho que a pesar de estar trabajando, se recreaban esa madrugada oyendo canciones en la radio. Un fuerte estruendo hizo que salieran corriendo del Nissan Patrol. En los acantilados de Cala Arena un ensortijado de cadáveres, maderas, ropas y un fuerte olor a gasoil lo envolvía todo. Se echaron las manos a la cabeza. Habían oído que estas cosas eran cada vez más habituales en aguas del Estrecho pero nunca habían imaginado que dos novatos tuviesen que levantar un atestado de aquella escena dantesca. Dos cadáveres yacían casi abrazados. El hombre de marcadas facciones árabes extendía sus brazos hacia la única mujer de la patera. Ésta seguro que murió debido a un fuerte impacto en la cabeza. Su único equipaje lo llevaba anudado entre sus faldas, un amasijo de fotos, un libro de Espronceda y multitud de papeles completamente empapados. En uno, en un castellano perfecto, se podía leer: me llamo Rachida, soy marroquí de nacimiento aunque me considero ciudadana del Mundo, mi única DIANA es alcanzar la libertad.
A pesar de todo, la radio seguía con su tintineo: Muchos no llegan, se hunden sus sueños, papeles mojaos, papeles sin dueño…
A todos los niños del otro lado del Estrecho que,
por encima de penurias, carencias y necesidades,
cada mañana se levantan felices porque van a la escuela

Autor: Juan Carlos Castro