jueves, 15 de abril de 2010

El candil


La llama del candil se estaba apagando y se levantó para avivarla, de sobra sabía que tenía que acabar aquellos dichosos bordados que le habían encargado. Se hacía tarde, la jornada en la fábrica textil había sido, como siempre, larga y agotadora, estaba cansada y sentía fríos los pies.
Oía las toses de sus hijos y sus constantes movimientos en aquellas camas compartidas entre hermanos. Su marido dormía en el jergón, sin embargo, ella sabía que aún le faltaban algunas horas para poder descansar. Los ojos le escocían, aquel bordado tenía los motivos muy pequeños, sí, era evidente que ya no tenía veinte años, ah en aquellos tiempos, sonrió al recordarlo, podía pasarse horas sentada que no sentía el cansancio tanto como ahora.
Dejó la costura a un lado, se desperezó como un gato y buscó algo entre los hatillos de tela, algo que custodiaba como el tesoro más preciado, en verdad era eso, un tesoro, un secreto, su secreto, aquello que escondía de los ojos inquisidores de los demás, lo que ella ocultaba incluso a sus seres más queridos, si ellos lo supieran se moriría de vergüenza, ¿qué dirían sus padres de ella?, ¿y su marido?, no, no, nadie lo sabía y seguiría siendo así. Además, eran nimiedades, tonterías, meros entretenimientos que no tenían ningún valor, de eso estaba segura, y que hacía siempre que tenía un momento después de realizar, eso sí, todas las tareas del hogar, de atender al marido, a los padres ya tan ancianos y a los niños.
Recordaba, cómo siendo niña comenzó a servir con su madre en la casa de Doña María, la señora de Don Benito, el médico del pueblo, y cómo recibió de ella algunas lecciones de lectura, pues apenas sabía leer. Ella le regaló su primer cuaderno y desde ese día comenzó a escribir en él cada noche, le gustaban tanto aquellas historias imposibles de jóvenes que se amaban ante todo, pese a todo, sorteando los obstáculos que el destino les deparaba, aquellas historias que ella creaba cada noche, esas, tan diferentes a la suya, a la que le había tocado vivir. Pero esto era un pasatiempo, ella tenía una familia, unas obligaciones, no podría vivir de otra forma que no fuera sacrificándose por los suyos.
Sintió las manos frías, la espalda dolorida y los pies entumecidos, estaba cansada, muy cansada…, guardó el cuaderno, quizá mañana pusiera fin a la historia que estaba narrando y que no sabía muy bien cómo acabar. Se deshizo la larga trenza que recogía su cabello, y despacio, muy despacio cogió el candil y se retiró a descansar.
Sirva este relato como humilde homenaje a las mujeres escritoras del siglo XIX, autoras la mayoría autodidactas, que carecían de instrucción académica, que escribían a escondidas, siempre después de trabajar en las fábricas, de atender sus hogares y a sus hijos, con el sentimiento de que lo suyo, su obra, carecía de valor literario, sea su obra conocida digna de admiración por lo que significa de esfuerzo y de entrega.

Autora:Conchi Jiménez