
Mario no sabía qué decir, le hubiera gustado que se lo tragara la tierra. El miedo le paralizaba siempre que la profesora le hacía una pregunta en clase. En su interior se desataba una tormenta que le nublaba la cabeza. Todos esperaban su respuesta y él no se podía creer que otra vez se fastidiara todo, había preparado a conciencia ese tema repitiendo los ejercicios una y otra vez. Le angustiaba el estruendo de las risas de sus compañeros, estaba convencido de que los demás sabían la respuesta mucho mejor que él. De nuevo lo perdía todo por el miedo a perder.
Sonó la campana y, junto a sus desgastados cuadernos, guardó en la mochila su abatimiento, su desconsuelo y su frustración y se dirigió a casa. El macuto pesaba una tonelada, no podía más, le faltaban las fuerzas y lo arrastraba por el suelo desbaratándolo a cada paso que daba.
Llegó a casa con un nudo en el estómago. Encontró a su padre en el sofá, con la misma ropa sucia y descuidada de las últimas semanas, hacía meses que no salía a la calle para buscar trabajo. Sabía que su madre volvería tarde y cansada tras una fatigosa jornada, pero se propuso esperarla despierto.
A Mario le gustaba leer en la cama junto a su madre antes de irse a dormir, era el mejor momento del día. Se acurrucaba junto a ella mientras leía aventuras fantásticas de jóvenes guerreros que salvaban al mundo de su falta de imaginación, peripecias de niñas con poderes increíbles, capaces de encontrar soluciones a los problemas, e historias de magos de corazón noble que entrelazaban sus vivencias para convertirse en amigos.
Aquella noche levantó sus ojos cansados del libro y su mirada se perdió en la nada... nunca hubiera imaginado que aquel joven luchador de la tribu de los hombres de hierba, conocido por su arrojo y valentía, estuviera obligado a afrontar sus miedos y a sufrir el tormento al que le sometían sus debilidades cada vez que salía de caza. No podía creer que alguien a quien admiraba tanto padeciera de ese modo... Mario aprendió de su ahínco y de su ambición y fantaseó acompañándolo en sus andanzas hasta que el sueño le venció.
El primer rayo de sol entraba por la ventana cuando Mario despertó, aún perduraba en él la grata sensación con la que se durmió y tenía la certeza de que hoy sería un día diferente, lo deseaba con todas sus fuerzas. Se estremeció al ver su mochila arrinconada en el suelo de su habitación y supo que no había otra solución, tenía que hacerlo… hoy arrojaría por la ventana todo ese lastre que le había impedido ser él mismo durante tanto tiempo…
Autora: Paula Muñoz Rodríguez
