
Se acercaba el carnaval y Roco no había decidido aún de que iba a disfrazarse. “Lo confiaré al sueño. Si esta noche sueño con piratas, me disfrazaré de pirata. Si sueño con mujeres me disfrazaré de mujer. Si sueño que soy mago…” Y se fue aquella noche a la cama con expectación, fiado a los azares del mundo intermitente de los sueños. A la mañana siguiente, Roco se despertó más temprano que de costumbre. “A ver. Hagamos recuento…” y se puso a recordar los sueños que había tenido a lo largo de la noche, pues era él de mucho soñar, y había veces en que eran tantos sus sueños, que ni siquiera lograba recordarlos todos, al ser ellos materia volátil en la memoria. “Creo que he tenido seis sueños diferentes, aunque solo logro recordar cinco”, concluyo Roco. “En el primer de ellos, me caí a un abismo pero no puedo disfrazarme abismo. En el segundo, llegué al poblado de un tribu que comía perros, pero no voy a disfrazarme de salvaje. En mi tercer sueño, un hombre sin cara me entregó una cartera, y sentí angustia por ser el dueño imprevisto de esa cartera. Luego soñé que mi madre avanzaba por un pasillo con un humeante bizcocho, pero disfrazarme de biscocho no era buena idea por lo que proseguí con el siguiente sueño. El quinto sueño era un torero, recibiendo una cálida despedida después de la faena, cuando dirijo mi mano al pecho y observo que está lleno de sangre, caigo al suelo desmayado y ahí finaliza el sueño, no voy a disfrazarme de torero. De modo que tanto soñar para nada. Porque sigo sin disfraz. A la mañana siguiente cuando quiso recordar los sueños que había tenido, se sorprendió al comprobar que no recordaba ninguno, y aquello le dejo perplejo, porque se sintió como el pescador que vuelve con las redes vacías. En el bar, un amigo le dijo: “Roco, anoche soñé que una cucaracha gigante…”, pero Roco ofreció una interpretación desganada de aquel sueño. Camino a su casa pensó: “Esta noche va a ser”, y con esta ilusión se fue a dormir. Al día siguiente sin embargo, volvió a sucederle lo mismo. A dos días, Roco seguía sin recordar sus sueños. “Me pondré el traje de arlequín de hace dos años”, y con esa satisfacción se fue a la cama. Tarde se despertó, se dispuso frente al espejo y recordó lo que había soñado: él, andaba en dirección contraria una multitud muda de arlequines. “¿Cómo puede ser esto, si el arlequín era yo?”. A la mañana siguiente soñó lo mismo, y la otra… y lo siguió soñando durante los siguientes veinte días.
Entonces Roco se despertó y cayó en la cuenta de que había tenido dos sueños a lo largo de la noche: en el primero; había soñado que no recordaba lo que había soñado, y en el segundo; había soñado que soñaba durante veintidós noches seguidas con una multitud de arlequines. “Vaya sueño”, pensó Roco mientras sacaba del armario su traje de arlequín para orearlo. Cuando bajó al bar, el camarero le dijo: “Oye, Roco, anoche soñé contigo”, y Roco le aseguró que aquel sueño no significaba nada. Absolutamente nada.
Autor: Daniel Jiménez López 3º A
