
Aún era de noche. Por la rendija de la puerta pudo ver, como todos los días, que las estrellas todavía seguían ahí, colgadas. Se desperezó, apartó la vieja manta y miró a su hermana que ya se estaba vistiendo. Cuando se colocó su viejo vestido salió fuera. Allí ya la estaba esperando su hermana, cogiendo los bidones de colores. Le gustaba verla así, todas las mañanas, en silencio, con el frescor de los últimos minutos de la noche.
Comenzaron a caminar. En la vieja acacia torcieron a la izquierda y luego por la vereda hacia abajo. Caminaban juntas, sin palabras, no hacía falta, sin decir nada se lo decían todo. Les gustaba disfrutar de los primeros sonidos del día, cuando el color naranja dibujaba las montañas, ese naranja tan fuerte, tan fuerte, que quitaba el aliento mirarlo.
Así llegaron al río. Su hermana le había enseñado un sitio por el que llegar al agua, por unas piedras grandes y negras, pero redondas, de las que no pinchaban sus piececitos descalzos. Por allí andaban, casi saltando, hasta llegar a la orilla. Llenaban los bidones. Eran cinco, para su hermana tres y para ella, la más pequeña, dos. Su hermana era la que los llenaba, la que metía sus manitas en el agua fría para que a ella no se le quedaran las suyas heladas. Cómo cuidaba su hermana de ella.
Ahora tocaba subir la cuesta. Iban sorteando las piedras afiladas porque los bidones pesaban y ya no podían pegar saltos como a ella le gustaba. Subía cargada. Y era extraño, porque siempre tenía la impresión de que los bidones pesaban cada vez más, como si cada metro recorrido alguien le echara un litro más dentro. En esos momentos hacía dos cosas, miraba a su hermana que iba delante indicando el mejor recorrido por el pedregal, y pensar en lo que tanto le gustaba. Eso que tanto le gustaba venía después, después de sortear las piedras, después de haber subido toda la cuesta, después de torcer hacia la derecha en la vieja acacia, después de haber llegado a casa. Allí soltaban los bidones, y su madre las miraba desde el fuego donde ya tenía preparadas las dos tortitas. Ella cogía la suya corriendo, sin importarle demasiado que todavía quemara, y la engullía mirando la montaña naranja y pensando en lo de después. Como siempre le supo a poco, su estómago pedía más insistentemente y ella le respondió con un buen trago de agua, recién traída del río. Hecho esto, las hermanas se miraron y sin decir nada salieron corriendo, alegres, contentas, saltando por entre las piedras, deseando llegar. Subieron la colina, bajaron al riachuelo, subieron el repecho, y por fin, por fin, llegaron a su escuela.
Autora: Ester Moleón
