lunes, 19 de abril de 2010

María


María era una niña de tan solo 15 años que le encantaba sumergirse en las historias que contaban los libros. Pero en los últimos meses había dejado de leer porque no encontraba ningún libro que expresara lo que ella en esos momentos sentía en este caso por un chico de su clase.
Hasta que un día estando en la biblioteca ojeando unos libros encontró uno que atrajo su atención, lo cogió y se lo llevó a su casa donde lo leyó sentada en el alféizar de la ventana
Todo empezó la radiante mañana de mayo en que Nora vio a Juan encaramado en lo alto de un cerezo. Nora se enamoró perdidamente. Fue un caso genuino de flechazo, de amor a primera vista. A los dos minutos de conocerle decidió que era el hombre de su vida, el único hombre que tendría cabida en su vida. O él o ninguno. O él o nadie. O se casaba con Juan, o no le quedaba otro recurso que ingresar en un convento, caso de no asumir el papel de tía solterona que cuida de los niños de su hermana. Lo malo era que, si a Nora le pareció Juan, envuelto en el aire dorado de una mañana gloriosa, atractivo y guapísimo, también le pareció a cualquiera de la muchachas apiñadas al pie del árbol, más bonita y más simpática que ella, y seguro que mucho más inteligente, y hasta más graciosa recogiendo cerezas. Nora se sentía claro está, en un concepto ni remotamente elevado y cultivaba además desde niña una apasionada inclinación por el fracaso y una vocación de víctima. Su única hermana, Blanca, sí tenía, por el contrario, una idea sublime de sí misma (no solo se consideraba la más hermosa de las muchachas, no le cabía duda de que poco le hubiera costado enamorar a Juan, como a cualquier otro varón, caso de habérselo propuesto, sólo que no se lo propuso. Daba igual lo que la vida le deparara, Blanca se vería siempre a sí misma como una triunfadora, dispuesta a comerse la vida de un bocado, y, ocurriera lo que ocurriera, Nora presagiaría desastres y no renunciaría jamás a su papel de víctima. Lo curioso es que, inmunes a la realidad, iban a prolongar ambos juegos a lo largo de toda su vida. Al borde del hundimiento afectivo y económico, Blanca seguiría siendo una princesa, y ni toda la opulencia y el amor del mundo hubiera hecho de Nora algo mucho mejor que una mendiga desamada. Y por una vez Nora, perdidamente enamorada, olvidó su vocación de víctima, traicionó su adicción a la derrota, y se dispuso a librar batalla. Había en la catedral un Cristo y en aquel entonces existía la creencia popular de que terminado día del año, si salías de tu casa e ibas, en absoluto silencio, hasta la capilla, podías formular tres deseos con la certeza de que uno de ellos se cumpliría. Nora espero a este día y se dispuso a ir sola a la catedral. Pero antes incluso de asomar la cabeza a la calle, en el vestíbulo del edificio, la abordó el portero. Algunos vecinos se habían quedado sin suministro de agua, ¿tenía algún problema en su piso? No había problema alguno, le tranquilizó Nora. Pero quedaba roto el compromiso de silencio. De modo que tuvo que fingir haber olvidado algo, subir en ascensor, entrar en su casa y salir de inmediato repitiendo el mismo itinerario de antes. En este segundo intento, había recorrido ya casi la mitad del camino, cuando se encontró con una de sus primas. Vuelta a empezar. En el tercer intento ya casi estaba en la puerta del templo cuando la abordó una mujer humildemente vestida, que la confundió con una mendiga, esto le hizo romper el silencio… La cuarta salida la hizo a la carrera, sin desviar ni por un instante la vista a derecha ni izquierda, sin atender a las voces que oía a su paso… llegó a la catedral jadeante y destinada (pero ilesa), se desplomo exhausta a los pies de la imagen, y gritó en voz alta sus tres deseos, transformándolos en uno solo:
-¡JUAN, JUAN, JUAN!-
Y, contra todas las previsiones, se produjo el milagro. Juan se casó con Nora y cumplió con creces sus expectativas: la hizo desgraciada desde el mismo día, o acaso fuera la misma noche, de la boda; la convirtió en una víctima ejemplar y la engañó con cuantas hembras se le cruzaron al paso, incluida por supuesto, su hermana Blanca.

Al acabar el libro María se dio cuenta de muchas cosas. Una de ellas era que con su edad no debía preocuparse de chicos y que ella todavía tendría mucho tiempo para encontrar a la persona idónea.

Autora: Beatriz Hidalgo 4ºB